Crítica

– Alfredo Torres

La obra pictórica de Daniel Amaral Oyarvide muestra el interés de su autor por singularizar las imágenes mediante pautas racionales sugeridas por el pensamiento matemático. Es un interés persistente, aunque manejado con cautelosa mesura. Impregna todo el poético repertorio iconográfico. De manera tangencial y como derivación de presupuestos conceptuales primarios en el proceso creativo, también le interesa investigar probables vínculos entre ese pensamiento lógico y ciertos rasgos de algunos dogmas religiosos. Abrir claves mediante modos operativos y demostraciones matemáticas, revelando su aparición en pliegues del pensamiento mítico, mostrando cómo, en ocasiones y mediante sorprendentes emergencias, esas claves aparecen en los relatos simbólicos e incluso en ciertas puestas en escena litúrgicas.

La obra pictórica de Daniel Amaral Oyarvide muestra el interés de su autor por singularizar las imágenes mediante pautas racionales sugeridas por el pensamiento matemático. Es un interés persistente, aunque manejado con cautelosa mesura. Impregna todo el poético repertorio iconográfico. De manera tangencial y como derivación de presupuestos conceptuales primarios en el proceso creativo, también le interesa investigar probables vínculos entre ese pensamiento lógico y ciertos rasgos de algunos dogmas religiosos. Abrir claves mediante modos operativos y demostraciones matemáticas, revelando su aparición en pliegues del pensamiento mítico, mostrando cómo, en ocasiones y mediante sorprendentes emergencias, esas claves aparecen en los relatos simbólicos e incluso en ciertas puestas en escena litúrgicas.

Las cuestiones matemáticas y sus intersecciones con sucesos míticos, establecen una austera y sobria atención a vertientes lúdicas. La matemática, más allá de adhesiones o rechazos casi siempre absolutos, puede llegar a ser un impecable juego. Toda su concepción como ciencia recurre a procesos y manipulaciones cercanas a lo lúdico, admitiendo incluso la inasible injerencia del azar. En la pintura de Daniel Amaral Oyarvide se establece un intrincado juego formal que provoca la capacidad de amparar procesos fronterizos con latitudes mágicas, de urdir complejas y muy lógicas prestidigitaciones intelectuales.

Las imágenes de Daniel Amaral Oyarvide establecen un estrecho vínculo con los atributos del símbolo y del signo. En la conjunción de ambos, también se entrelazan los finos hilos de narraciones míticas. En tanto lenguaje visual, su pintura revela las relaciones que esa conjunción sostiene, sus encuentros y fusiones. Los posibles significados crecen desde la fecundidad alusiva de esa relación. El símbolo, vale recordarlo, es una figura o un emblema que actúa representando conceptos, ya sea por percepción intelectual, por alusión evidente o por sugerencia sutil, por la destreza para instaurar niveles míticos. En el ámbito del lenguaje guarda estrecha relación con la metáfora, puede llegar incluso a ser sinónimo de signo. En una ciencia como la matemática representa números y operaciones, fundamenta toda la teoría algebraica. El signo, de manera cercana, es un elemento con la capacidad de evocar a otro, llegando a ser representación de ese otro. Puede implicar un valor concreto, puede hablar de modos o de acciones. Los dos actúan por delegación representativa. El símbolo, dentro del discurso pleno. El signo, como huella referente. Entre ambos, el mito es aquel relato que se ubica más allá de las estructuras convencionales del pensamiento. No es casual, entonces, que Daniel Amaral Oyarvide navegue por mares plenos de leyendas, que transforme parábolas míticas o religiosas, en bellas y muy puras escenificaciones pictóricas.

Según Mircea Eliade, la carga simbólica aplicada a objetos o a sucesos, no destruye los rasgos propios de sus respectivas identidades. En todo caso los enriquece, les otorga una mayor abertura, sobre todo a niveles imaginarios. “Queda por saber si esas ‘aberturas’ son otros tantos medios de evasión o si, por el contrario, constituyen la única posibilidad para acceder a la verdadera realidad del mundo”, argumenta Eliade. Las aves que descansan de sus travesías, que con protagonismo emblemático se dejan contemplar por el espectador desde los compartimentos divisorios de las telas, que se acurrucan contra los bordes, que yerguen apenas sus vigilantes cabezas, o enfrentan tímidamente a quien las mira, siguen siendo aves. Retratadas sin minucias anecdóticas, con buscado despojamiento expresivo, con suaves y diestras pinceladas que parecen incluso tallar los cuerpos con un claroscuro sedoso, de asombrosa sencillez, definido con bordes que ostentan difusiones de aura. Pero más allá de su fisonomía, las aves ofrecen un amplio repertorio de cargas simbólicas.

Seguramente, la cualidad formal más significativa en la pintura de Daniel Amaral Oyarvide es su refinada tersura tonal. Vinculada al lenguaje plástico, esa cualidad implica pureza, un tratamiento sin brusquedades, de una seductora fluidez. La tersura como forma de dar personalidad a la fuerza prudente, a la intensidad del color. También corresponde resaltar la certera elección de matices y el juego de los mismos dentro de las delicadas armonías cromáticas, con una expresión que se cuida de violentar la melodía  esgrimida por los colores. Esa cualidad, la tersura, trasciende hacia el hermoso manejo de la luz, un manejo con intensidades fotográficas, con aspiraciones teatrales. La utilería de sus escenarios pictóricos, animales, personajes de reminiscencias humanas, cuerpos geométricos, panes o frutos, fondos que ofician de telones, parecen someterse a una luz tan asombrosa como persuasiva. No se trata de efectismos gratuitos sino de un poderoso rasgo visual. Frente a ciertas obras, acariciadas por la mirada lenta, demorada, quien mira puede dudar sobre el origen de las luces. Preguntarse si es creada por algún elemento exterior, como un foco, o si la luz nace en la propia tela, disolviendo casi todo aquello que va impregnando. En ocasiones, es tan limpia, tan desnuda, que accede a una blancura casi metálica.

El término poética parece ser el más nítido al intentar abordar las imágenes gestadas por Daniel Amaral Oyarvide. Toda poética permite la convivencia de lo racional y lo emocional, lo explicable y lo inexplicable, el pensar lógico interrogado y alterado por las emergencias de la imaginación en su más pleno albedrío. Gracias a la poética lo que se puede saber, lo conocible, se atreve con las entrañas de lo secreto y acaricia la evasiva piel del misterio. Desde tiempos lejanos, relaciona los relatos del ser humano con los escenarios del entorno donde ha nacido, donde transita, donde se ha venido forjando, donde terminará concluyendo su periplo vital. La poética, de una manera u otra, embellece dichos relatos, les da jerarquía estética, gesta las distintas épicas que han nutrido las peripecias de la humanidad. Brinda la gracia del prodigio surgiendo entre las certezas de cómodas y acostumbrados rutinas. Instaura la posibilidad de la belleza más sincera y más conmovedoramente profunda. Ampara la veracidad del símbolo, el vigor del signo y la fecundidad del mito.

Con deliberada austeridad y sin excesos expresivos, características éstas de varias posturas contemporáneas, Daniel Amaral Oyarvide asume el desafío y concreta un entrañable rescate de lo bello. Importa la precisión porque esa devoción hacia la belleza es uno de las guías esenciales en toda su obra. Baudrillard ha sostenido que la seducción ante lo bello, en tanto seducción, era mero artificio, apenas simulacro. Sin embargo, en este caso, sucede lo contrario. La seducción ante lo bello germina desde lo visceral y no parece vincularse ni con hedonismos explícitos ni con la sensualidad. Se entrama en lo afectivo, en los anhelos del ser humano, en sus creencias, en sus parcelas íntimas, aun en los desvelos de sus inexplicables angustias. Nace desde el mito y sobrevuela por sobre el prudente pensamiento racional, genera incertidumbres y ofrece el reposo de lo que no reclama la rigidez lógica ni la exuberancia del deliro. Se acomoda en la tibia intimidad de lo que suele llamarse espíritu. Genera un profano ejercicio de fe que puede conmocionar incluso a rígidos ateos, a inseguros agnósticos.

En todas las obras de Daniel Amaral Oyarvide irrumpe un manejo de la luz cercano a lo prodigioso. Una luz de austera pureza dando a las imágenes relevantes acentos teatrales, como la que en un escenario subraya los trasiegos de la historia. A esa luz primordial, a esa guía rectora dentro de la narrativa visual, se someten todos los protagonistas y las escenografías del caso. Transita las historias como un cuidado y elocuente valor visual, un elemento estructural en la instauración de contenidos dramas. Luz que a veces puede ser potente y limpia, con una cualidad acerada, pulidísima. En otras, tibia, sedosa, con delicadas fragancias táctiles de pieles frutales. Y en otras, eclosión vigorosa, llevada a un extremo capaz de abrumar la tela, arriesgando incluso, el equilibrio de las apacibles armonías de las composiciones.

El seductor manejo de la luz, investigando variantes, buscando la resonancia de una intensidad de esplendor o la espesura de sus reversos: penumbra y sombra. Esa presencia protagónica, quiere ser metáfora sobre una factible persecución de la verdad. Una búsqueda que nace en un profundo sentimiento humano, en sus afanes éticos y morales, antes que ser aceptada como revelación divina o como gracia pasivamente recibida. No  es casual que la luz dialogue con los pájaros, otro elemento cargado de denso simbolismo y que son actores recurrentes en parte importante de la obra creada por Daniel Amaral Oyarvide. En tanto animales alados representan el vuelo espiritual. Un vuelo, que habla de elevación, de capacidad para desechar lo carnal, lo terreno. Vuelo, que en varias culturas, es símbolo del alma. Lejos de creencias míticas o convicciones religiosas, las aves son, en el ámbito de las mitologías populares, símbolo de pureza, de paz, de sentimientos amorosos. La luz entendida como energía cósmica, es impulso y fuerza, valor significante sobre el que se han erigido distintos relatos sobre el génesis del mundo.